El comercio mundial de granos está cambiando por una combinación de oferta récord, nuevas tensiones geopolíticas, cambios en la demanda asiática, expansión sudamericana y políticas energéticas que alteran qué granos se compran, quién los vende y para qué se usan. En 2025/26, el mercado global muestra más volumen total, pero también más dependencia de decisiones logísticas, comerciales y estratégicas de unos pocos países clave.
Un mercado más grande
La primera gran tendencia es el crecimiento del volumen global comerciado. La FAO proyectó que el comercio mundial de cereales en 2025/26 llegará a 501,7 millones de toneladas, 3,5% más que en 2024/25 y el segundo nivel más alto registrado, en un contexto de producción mundial récord de 3.029 millones de toneladas y una utilización también récord de 2.943 millones. Esto significa que el comercio sigue expandiéndose, pero ya no lo hace solo por escasez, sino también por una integración más profunda entre regiones productoras y regiones deficitarias.
Ese crecimiento, sin embargo, no implica un mercado más simple. La FAO también indicó que los stocks mundiales de cereales subirían a 940,5 millones de toneladas y que la relación stock/uso global se mantendría en un nivel cómodo de 31,9%, lo que en teoría aporta estabilidad. Pero esa estabilidad agregada convive con tensiones muy concretas en rutas, puertos, políticas comerciales y decisiones estatales que pueden alterar flujos específicos, sobre todo en trigo, maíz y soja.
Sudamérica gana peso
La segunda tendencia es el desplazamiento gradual del centro de gravedad exportador hacia Sudamérica, especialmente en soja y maíz. La FAO espera que Brasil mantenga en 2026 una producción de maíz por encima del promedio gracias a clima favorable y expansión del área, impulsada por buenas perspectivas de exportación, mientras Argentina también apunta a una cosecha de maíz superior al promedio. En paralelo, el peso de Brasil en los embarques agrícolas siguió creciendo: ANEC proyectó que sus exportaciones combinadas de soja, harina de soja, maíz y trigo cerrarían 2025 entre 176,3 y 177,1 millones de toneladas, cerca de 10% por encima de 2024.
Dentro de ese avance, la soja es el caso más visible. ANEC estimó exportaciones brasileñas de soja por 109,2 millones de toneladas en 2025, frente a 97,3 millones en 2024, mientras Reuters reportó en octubre de 2025 que Brasil podía llegar a 110 millones de toneladas en el año, favorecido por una cosecha récord y una fuerte demanda china. El efecto de fondo es claro: Sudamérica ya no es solo un proveedor importante, sino el bloque que más está redefiniendo la competencia global en granos y oleaginosas.
China compra distinto
La tercera tendencia es el cambio en la estrategia de China, el actor más influyente del lado de la demanda. Reuters informó en marzo de 2026 que el nuevo plan quinquenal chino busca elevar la capacidad de producción de granos a 725 millones de toneladas entre 2026 y 2030, con foco en semillas, suelos, tecnología y canales de abastecimiento externo “estables y controlables”. Esa formulación importa mucho, porque muestra que Pekín ya no piensa el abastecimiento solo como compras al menor precio, sino como seguridad estratégica con diversificación de orígenes y menor vulnerabilidad externa.
China no está dejando de importar, pero sí está refinando qué, cuánto y desde dónde compra. Reuters citó a analistas que esperaban que las importaciones chinas de soja en 2025 superaran los 110 millones de toneladas, impulsadas por compras fuertes desde Brasil y por embarques estadounidenses en determinados momentos del año. Al mismo tiempo, el plan oficial chino impulsa menor dependencia del exterior mediante mejoras de rendimiento, biotecnología y hasta reducción del uso de harina de soja en alimentación animal, lo que puede alterar la composición futura de la demanda global.
Ese doble movimiento cambia el comercio mundial de granos de una forma profunda. China seguirá siendo un comprador enorme, pero cada vez más selectivo, más geopolítico y más orientado a repartir riesgo entre orígenes. Para exportadores como Brasil, Estados Unidos y Argentina, eso implica que ya no alcanza con tener oferta: también hay que garantizar continuidad, relaciones políticas funcionales y capacidad de respuesta ante shocks internacionales.
Geopolítica y rutas
La cuarta tendencia es la persistencia del riesgo geopolítico en los corredores de exportación. Reuters advirtió en abril de 2025 que Rusia y Ucrania, que juntas representan alrededor del 30% de las exportaciones mundiales de trigo, seguían condicionando el mercado porque una menor producción o problemas comerciales en el Mar Negro podían volver a tensar la oferta exportable hacia 2026. Aunque los embarques rusos mostraron resiliencia en campañas previas, el mercado sigue incorporando una prima de riesgo asociada a conflicto, cuotas, sanciones y seguridad marítima.
Este factor es decisivo porque el trigo depende mucho de la continuidad logística. Cuando una gran región exportadora entra en zona de incertidumbre, los importadores se cubren antes, diversifican proveedores y aceptan pagar más por suministro confiable. En la práctica, eso favorece a exportadores alternativos como la Unión Europea, Argentina, Canadá o Australia en determinados momentos, pero también vuelve más volátil la formación de precios internacionales.
La geopolítica ya no es una perturbación puntual, sino una variable estructural del comercio mundial de granos. Hoy pesan no solo las guerras, sino también los cierres temporales de importación, los cambios en derechos de exportación, las cuotas internas para evitar inflación alimentaria y la competencia entre países por asegurar stocks estratégicos. El mercado se parece menos a un sistema de libre arbitraje puro y más a una red donde la política pública redefine permanentemente los flujos.
Energía y uso final
La quinta tendencia es que los granos y oleaginosas están cada vez más conectados con la energía. Reuters reportó en julio de 2025 que el USDA elevó 26,5% su previsión de uso de aceite de soja en biocombustibles para 2025/26 en Estados Unidos, hasta un récord de 15.500 millones de libras, y señaló que más de la mitad de la producción estadounidense de aceite de soja sería absorbida por ese destino. Ese cambio no solo afecta al aceite, sino a toda la cadena: modifica márgenes de crushing, disponibilidad exportable y relaciones de precios entre soja, aceites vegetales y combustibles.
Esta tendencia es importante porque rompe una vieja lógica del comercio agrícola. Antes, buena parte del mercado de granos se explicaba sobre todo por alimentos y balanceados; ahora, las decisiones de política energética también mueven volúmenes, inversiones y precios. Cuando aumentan los mandatos de mezcla o los incentivos fiscales para combustibles renovables, sube la competencia por materias primas agrícolas, se reordenan los flujos comerciales y algunos países exportan menos porque consumen más dentro de sus propias fronteras.
Además, esta relación entre agro y energía favorece una mayor diferenciación entre productos. El poroto de soja, la harina y el aceite dejan de responder exactamente al mismo motor de demanda. Mientras la harina sigue muy ligada al consumo de proteína animal, el aceite entra cada vez más en una lógica de energía industrial, lo que hace que el comercio mundial sea menos homogéneo y más segmentado.
Más volumen, más complejidad
La sexta tendencia es que el comercio mundial de granos combina abundancia global con mayor complejidad local. La FAO prevé cosechas récord, mayor uso y un rebote del comercio cerealero, pero al mismo tiempo anticipa que la producción mundial de trigo en 2026 podría caer casi 3% por menores precios y una reducción del área sembrada en varios países. Es decir, no todos los granos se mueven igual: el maíz puede expandirse por demanda forrajera y exportadora, el trigo puede ajustarse por incentivos de siembra y la soja depende cada vez más de la combinación entre China, Sudamérica y biocombustibles.
Esa divergencia obliga a abandonar la idea de un único “mercado mundial de granos”. En realidad, hay varios mercados conectados, cada uno con drivers propios: seguridad alimentaria en trigo, alimentación animal en maíz, proteína y energía en soja, y estrategias estatales en arroz. La consecuencia es un comercio más grande en volumen, pero más difícil de leer con una sola variable.
En resumen, las tendencias que están cambiando el comercio mundial de granos son seis: más comercio total, mayor protagonismo de Sudamérica, una China más estratégica, geopolítica persistente en corredores clave, creciente peso de los biocombustibles y una segmentación cada vez más marcada entre granos según su uso final. Para exportadores, traders y productores, eso implica operar en un mundo donde ya no basta con seguir la oferta y la demanda tradicionales: también hay que mirar política industrial, seguridad alimentaria, energía y geoestrategia.
