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Actualizado 16/11/21 06:02

SUSTENTABILIDAD

El suelo cubierto y sistematizado es central para producir en tiempos de cambio climático

El 60 por ciento de los suelos con yerba mate están en proceso de erosión y sin capacidad de almacenar agua. La situación se revierte con prácticas que promueve el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM).


Un suelo sistematizado y con cubiertas verdes almacena más agua y por más tiempo que uno que no lo está; de la misma forma, cuenta con materia orgánica (que aporta nutrientes) y mitiga las altas temperaturas en verano, el déficit hídrico y el impacto de las intensas lluvias que ocurren cada vez con mayor frecuencia en cualquier mes del año, y por lo tanto, presenta mejores condiciones para una buena producción.

Por esa razón, el Servicio de Extensión Yerbatero (SEY) del INYM promueve prácticas como plantar en curvas a nivel, cubrir con pasto y construir camellones y pozos de decantación en caminos, asociar árboles nativos (como cortinas o dispersos) e incorporar cubiertas verdes en los entre líneos del cultivo.

Este 7 de julio se celebra el Día Internacional de la Conservación del Suelo, en memoria de Hugh Hammond Bennet, investigador que fue pionero en la lucha para preservar la fertilidad de los suelos, fecha a la que Argentina adhirió en 1963.
La yerba mate fue el cultivo colonizador en esta región, a principio de 1900, con lo cual son 120 años de historia del uso del suelo.
El relevamiento fisicoquímico realizado el año pasado por el INYM, indica que más del 60 por ciento de los suelos están en condiciones regulares o malas, lo que implica que han perdido gran parte de su capacidad para infiltrar y almacenar el agua, y, en esas condiciones, al caer, las lluvias torrenciales arrastran los primeros centímetros de suelo, que son los más fértiles, provocando erosión.

A modo ilustrativo, “es importante tener presente que un centímetro tarda entre 80 y 100 años en formarse, y ese mismo centímetro de tierra se pierde con una lluvia torrencial si no está debidamente sistematizado”, manifestó Verónica Scalerandi, subgerente del área Técnica del organismo.
Ese contexto se ve agravado en las condiciones actuales que impone el cambio climático global, con la presencia de eventos extremos como sequías y repentinas e intensas lluvias en corto tiempo. “La buena noticia es que hay formas de mitigar esos efectos y son las prácticas que desde el INYM venimos recomendando y trabajando con los productores en sus chacras”, dijo Scalerandi.

“Lo más importante –continuó- no es cuánto llueve sino cuánta de esa agua se infiltra y almacena en el suelo”.
Por ejemplo, señaló que los suelos en condiciones regulares o malas (desnudos, rastreados y / o compactados) absorben únicamente entre un 30 y 40 % del agua de lluvia. “En años con precipitaciones cercanas a 2000 milímetros, nuestros suelos infiltran entre 600 y 800 milímetros, mientras que en años con sequía, donde las precipitaciones no alcanzan los 1500 milímetros, infiltran entre 450 y 600 milímetros”, explicó.

En cambio, en suelos cubiertos y sistematizados, “lo más parecido a lo que conocemos como suelo de monte”, se infiltra entre un 70 y 80 % del agua de lluvia. “En años con precipitaciones normales, se infiltra y almacena entre 1400 y 1600 milímetros y aún en un año donde predomine la sequía, con 1050 y 1200 milímetros, nuestros suelos tendrían disponible un 40 % más de agua para los cultivos que en años normales pero con suelos degradados”, ilustró.

Scalerandi contó que estos datos fueron corroborados en las chacras visitadas durante el verano pasado. “Hemos observado que en las mismas condiciones de déficit hídrico, entre noviembre de 2021 y febrero de 2022, una chacra mantuvo la provisión de agua, mientras que otro vecino necesitó abastecerse de un pozo perforado cercano”, ilustró. “La diferencia sustancial está en la capacidad de captación de agua de una y otra micro cuenca. La primera chacra tiene suelos sistematizados, con buena infiltración, totalmente cubiertos y caminos con pozos de decantación que permiten captar toda el agua de las precipitaciones. En la otra, la mayor parte del agua escurre y se pierde, no infiltra y por consiguiente no recarga las vertientes”, agregó.

La yerba mate “es un ser vivo que depende del suelo para anclarse y obtener el agua y los nutrientes”, enfatizó Scalerandi, y para cerrar, reiteró: “Nosotros observamos que un yerbal con buenas condiciones de suelo, con buen desarrollo de raíces, es capaz de aprovechar efectivamente, aún cuando son pocas, las precipitaciones; en cambio, no ocurre lo mismo en yerbales con suelos degradados, donde la mayor parte del agua se pierde por escurrimiento, y la que penetró no siempre está al alcance de las raíces”.